Texto por: Julieta Ferreri


Comenzamos nuestro viaje en Arequipa, una ciudad ubicada en el Sur de Perú. En la terminal de ómnibus abordamos un micro que en unas 3 horas nos dejó en el pintoresco pueblo de Chivay. En el trayecto pudimos apreciar la majestuosa fumarola del Volcán Sabancaya (5.980 msnm), el cuál se encuentra en estado de actividad permanente desde el año 1990.

Pasamos la noche en Chivay y a la mañana siguiente buscamos un vehículo que nos dejó en el pequeño pueblo de Tuti. Allí comenzamos la travesía en búsqueda de la naciente del Río Amazonas, la vertiente de agua más alejada y remota que alimenta a este gigante y famoso río.

El primer día pasamos junto a una gran cantidad de ruinas de viejas construcciones de diferentes épocas, además de atravesar en medio de un pueblo fantasma muy antiguo, cuya iglesia de piedra se encuentra aún en pié, aunque el paso del tiempo ha dejado poco de ella. Ese día atravesamos el primer paso de altura, seguido por una pampa interminable.



El segundo día transitamos una quebrada llena de bofedales en donde encontramos gran cantidad de aves. Al atardecer acampamos cerca de nuestro segundo paso de altura, el paso del nevado Mismi (5.275 msnm). El tercer día amaneció sobre una alfombra alvina y resplandeciente. Tras superar el segundo paso, en medio de un insistente viento helado, descendimos bajo un clima que seguía enfriándose. Ya nos encontrábamos cerca de nuestro objetivo…



A pié de un largo e imponente muro de piedra, escondido, se encontraría el tesoro que estábamos buscando. Llegamos a él bajo una nevada serena que parecía detener el tiempo en una quietud gélida y pálida... el manantial cristalino bajaba pequeño y torrentoso desde dentro de una minúscula caverna enclavada en la vertical pared rocosa que se yergue, impertérrita, en la base del Nevado Mismi. Realmente no se me ocurre una visión más fantástica para el origen del Río Amazonas.



Luego de haber cumplido exitosamente con el objetivo de nuestra expedición, aún restaba terminar con la travesía. Entramos en una nueva quebrada, en donde encontramos un angosto sendero escondido, que nos permitió evadir los enormes bofedales que plagaban el fondo de la quebrada. Al final del día armamos nuestro último campamento a orillas del río. A la mañana nos despertamos con el paso de una manada de alpacas que parecía no tener fin.



Cuando alcanzábamos el tercer y último paso de altura, el clima se empezó a desmejorar drásticamente, y en la cúspide del paso, a 5.200 metros de altura nos alcanzó una tormenta. Comenzamos a escuchar los truenos entre las densas nubes que avanzaban, implacables, detrás nuestro. En un par de minutos ya tronaba encima de nuestras cabezas. En realidad, por la altura alcanzada, no nos encontrábamos bajo la tormenta, sino, exactamente dentro de ella. Se dejaron ver los primeros relámpagos… y cada vez era mas corto el lapso de tiempo entre la luz y el sonido que le seguía. Pudimos verlos muy de cerca. Luego hubo viento blanco y más tarde... unos paisajes de otro mundo: las densas nubes de tormenta se habrían para dejar al descubierto el cielo azul diáfano y al sol radiante que se asomaba, glorioso, desde lo alto. Una mezcla de tormenta, luz, oscuridad y claridad, todo en movimiento, cambiando constantemente... así fue nuestro tránsito por el último paso.



Tras una larga e interminable bajada hasta el Cañón del Colca, llegamos de noche a un pueblito llamado Lari en donde, preguntando a los habitantes, encontramos por fin un lugar donde pasar la noche y descansar. Al día siguiente abordamos junto a algunos habitantes locales un vehículo que recorre los pueblos de la zona, el cual nos dejó en Chivay, desde donde pudimos retornar a Arequipa nuevamente.

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